José E. Kameniecki

 


Sobre 'Um livro de contos'

José E. Kameniecki *

Anticipo que el lector de mi comentario se sentirá sorprendido ante mi afirmación: Un livro de contos, la última publicación de Alexandre Santtos, no es un texto erótico. Sostengo que el autor se valió de la tópica sexual, más que la del erotismo, para desarrollar, en forma provocativa, una crítica demoledora a la moral basada en la voluntad de dominio que caracteriza a la sociedad moderna y persiste en la posmodernidad.

Este mismo recurso el autor ya lo ensayó con éxito en su novela O Attaché, donde a través del despliegue de la colección de conductas perversas del protagonista, descriptas en forma minuciosa, pone al descubierto la hipocresía que sostiene el doble discurso presente en las relaciones de poder, inter e intrasubjetivas (religión, política, moral, educación, etc.).

El tema del poder y, sobre todo, del abuso del mismo, constituye el eje central donde desfilan los personajes de los cuentos. En algunas narraciones, el autor asume la postura de Foucault: “el poder se sostiene desde abajo”; en otras, la voluntad de dominio, que Nietzsche endilga a la moral cristiana, el poder presiona desde lo más alto, como en la crítica marxista. Tanto en una como en otra posición, los pares antitéticos establecen un conflicto dinámico y forman un complemento, lo que lleva a pensar en procesos dialécticos de fuerzas en pugna. En esta estrategia dialógica, Eros va de la mano de Tánatos, la otra cara del poder, y en el interjuego de ambas pulsiones se produce una mutación (la methabolé aristotélica), a partir de este instante las aparentes felices historias quedan transmutadas para transformarse en trágicas. Pero a diferencia de los clásicos, la serie de anti-héroes de la saga santtiana responde a tipos comunes del Brasil nordestino contemporáneo. El juego narratológico que abre Alexandre Santtos hace que el lector perciba un guiño que anticipa la caída, casi siempre en desgracia, del personaje central.

No hay duda que el autor se dirige a un público amplio, a un lector atento, razón que justifica que apele a recursos del cuento popular: narrador omnisciente, relato en tercera persona, secuencias cronológicas lineales, uso deliberado de lugares comunes, utilización de elementos que parecen tomados de la literatura de cordel, pero con un desarrollo más profundo en cuanto a la psicología de los personajes y, sobre todo, en el empleo de un vocabulario amplio, conforme con el clima del relato, en determinados momentos cercano a la erudición y minuciocidad del cuento realista.

La lectura de estos relatos puede evocar por momentos reminiscencias de Boccaccio, de el Aretino, de Sade, de Klossowsky o de Bataille, pero las fuentes litrerarias de Santtos provienen de una tradición diferente.

Santtos ahonda en lo paródico más que en lo grotesco. La parodia –dice Bajtín– presupone un orden, y es ante ese orden que el narrador dirige todo su arsenal; allí Eros se confunde con Tanatos, como las caras de una misma moneda. En algunos tramos de los cuentos se ponen en relieve elementos del imaginario popular, cercanos a las teorías sexuales infantiles, como la búsqueda de una respuesta al misterio de lo prohibido que tiende a develarse en la puesta en acto en las escenas más impactantes. De esa forma, el autor logra mitigar lo siniestro de cada relato mediante un estilo festivo, rabelaisiano.

La galería de personajes abarca una tipología de diferentes estratos sociales, que se expresan a través de variadas problemáticas, muchas veces opuestas, que describen rasgos profundos de la miseria humana. Ricos y marginados, religiosos y laicos, comparten la conflictiva del sujeto de una sociedad acosada por los avatares de la miseria y la explotación –espiritual o material, si vale aún esta diferenciación cartesiana– donde, frente a la ausencia de valores y ante caída la noción de autoridad, todo parece valer lo mismo. Nietzsche: "Lo que más le importa al hombre moderno no es ya el placer o el displacer, sino ser excitado".

Sobre ese escenario multicolor no exento de sincretismo, la temática sexual, explícita y por momentos descarnada, ocupa un lugar protagónico, que lo aleja del erotismo, más propenso a la frase sugestiva, a la metáfora, al desplazamiento del centro hacia un símil, como si a través de primerísimos primeros planos el autor intenta poner en evidencia aquello que una sociedad hipócrita se esfuerza por velar. Así, la obscenidad del discurso tiene como efecto hacer patente una obscenidad mucho más profunda: la pobreza, la marginalidad, el hambre, la exhibición de la opulencia, la hipocresía. Decía Darwin: “Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza sino por nuestras instituciones, cuán grande nuestro pecado.”

El narrador de los cuentos, doble especular del autor, es, sin lugar a dudas, el personaje más logrado del libro, sin que esto vaya en desmedro de los personajes primarios y secundarios. Este, ubicado entre las convenciones y el advenimiento de lo prohibido, al profanar lo sagrado y sacralizar lo profano, logra poner un condimento que mitiga lo trágico y en algunos momentos llega al clímax cuando rosa lo cómico, cuando parece asumirse como partidario de la teología negativa donde el santo se equipara al gran pecador. Comparte con Gilberto Freyre que “no hay esclavitud sin aberración sexual” (Casa grande e senzala). Varias de las narraciones del nuevo libro, tal como se aclara en notas al pie de página, son capítulos de una nueva novela próxima a editarse, donde el blanco de los dardos de Santtos apuntan hacia la moralina de la Iglesia católica.

La intención moralizante de Santtos, semejante en algunos puntos a la de Sade, tiene por objetivo la revalorización de algunos aspectos del paganismo, en especial relacionados con la sexualidad, de ahí su insistencia en esta temática. Esta temática se manifiesta con fuerza en una dialéctica de luces y sombras, que en el ámbito católico está representado por pensadores de diferentes posturas ideológicas. Peguy, un católico reaccionario, expresa: “El verdadero cristiano no es el santo sino el pecador. El cristianismo es una religión de pecadores. El verdadero enemigo del cristianismo es el santo”. O el obispo Helder Camara: “Cuando doy comida a los pobres, me llaman ‘santo’. “Cuando pregunto por qué no tienen comida los pobres, me llaman ‘comunista’.

Viene a cuenta esta cita de Cioran: “No existe santidad sin voluptuosidad del sufrimiento y sin refinamiento sospechoso. La santidad es una perversión inigualable, un vicio del cielo.”

Escrito en ritmo de frevo, este libro dará lugar a muchos comentarios encontrados.

                                                                                                                                 Buenos Aires, 15 de fevereiro de 2010

(*) O acadêmico José E. Kameniecki é diretor da revista 'Francachela'