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Sobre 'Um livro de
contos'
Martín Palacio Gamboa *
Um livro de contos, la
publicación más reciente del escritor recifense Alexandre Santos, propone
una narrativa entretejida con textos que se presentan a modo de viñetas, y
que van configurando un paisaje temático a partir de tres grandes núcleos
perfectamente entrelazados: la presencia de lo real maravilloso, la crónica
de carácter sociocrítico y la casi omnipresencia de lo erótico (aunque este
último desde una óptica algo subvertida, como desarrollaremos más adelante).
Más aún: desde un punto de vista narratológico, es dable observar que Um
livro de contos, a lo largo de las ocho partes que propone el autor, nos va
presentando trozos de carácter argumental que pueden vincularse en una
historia mayor o leerse en forma autónoma, al mismo tiempo que cada texto
breve permite reconstruir una historia que puede llegar a ser potencialmente
una novela. Este género, que Lauro Zavala denomina “minificciones
integradas”, se aplicaría a ciertas novelas formadas por fragmentos que
difícilmente rebasan el espacio de una página y que pueden ser leídos de
manera independiente, pues conservan cierta autonomía narrativa sin dejar de
formar parte de la totalidad. Tal vez por eso mismo, la autonomía o
interdependencia de los textos de Um Livro de Contos nos coloca en el centro
de la discusión acerca de las fronteras entre la cultura moderna y la
posmoderna, y sus definiciones críticas. El hecho estriba, sin embargo, que
moderna o posmoderna, la estética discontinua y desplazada que expresa Um
livro de Contos nos dirige hacia una ética convulsiva: en su vertiente
erótica, detrás de cada desnudo y cada marca, nos encontramos con otra
verdad y con otro desnudo que se vuelve ocultamiento, así como detrás de
cada instancia descriptiva de lo real y su violencia -ya sea de ribetes
míticos/religiosos o propia de una crónica roja- nos encontramos con otra
realidad. La escritura lacerada, mutilada, asediada y penetrada de afuera
hacia dentro, nos muestra que la unidad se ha perdido y, como ésta es de
imposible restitución, la fragmentación no hace más que exhibir dicha
pérdida y la simulación de un regreso imposible -o, en el mejor de los
casos, intermitente- a un estado paradisíaco.
La primera parte concierne al aspecto de lo real maravilloso que, por
momentos, en su trazo, se acerca a una cadencia oral, propia del cuento
popular. Ya, desde el punto de vista paratáctico, el hecho de que se titule
Maldições e encantos nos va situando una experiencia de lo real que resulta
de la mediación entre lo imaginario y lo simbólico, mostrando de ese modo su
naturaleza heterogénea a pesar de la factura clásica de los tres cuentos que
la constituye. Lo que mejor expresa la estética del realismo maravilloso es
el efecto discursivo del encantamiento en el lector. En este particular tipo
de discurso, el sujeto responsable de lo que se dice no pretende el
extrañamiento del lector. Por el contrario, su propósito no es otro que
persuadirlo de que la maravilla está en la realidad misma. De este modo, en
A triste morte do pequeno demônio, la impavidez del narrador ante la visión
descarnada de un infierno con forma de hongo atómico actualiza el tono
convincente que los narradores orales y los repentistas nordestinos le
imprimen a sus relatos. De este elemento del habitus de Alexandre Santos
proviene, sin duda, la serenidad con que el narrador presenta los hechos más
insólitos. Más aún: podríamos agregar que en Santos se delinea técnicamente
lo que Irlemar Chiampi denominó desrealización de la lógica convencional o
ilusión de sentido que todo relato tradicional anhela, pero una lectura
actual de esos textos nos lleva a cuestionar su clasificación efectiva en
las categorías del realismo maravilloso, aunque en ellos se reconozca,
innegablemente, el intento de problematizar los códigos sociocognitivos del
lector. En cuanto a las fronteras entre realismo mágico/maravilloso y la
plausibilidad de su aplicación a las escenas de escritura que Um livro de
contos ofrece, una opinión a considerar es la del crítico Seymour Menton
(2003). Citando Biruté Ciplijauskaité, Menton corrobora la perspectiva de la
crítica lituana sobre la manifestación de este tipo de realismo fuera de
ciertos marcos culturales del Occidente: “[...] puede, sin embargo, surgir
en países que conservan una fuerte tradición folclórica ligada
inseparablemente con la vida rural, donde la sociedad todavía no es ni
totalmente racional ni realista, pero que ha mantenido viva la condición
básica señalada por Carpentier: la fe que no exige pruebas”. Lo que estos
realismos inmanentes ponen en evidencia es la capacidad de integrarse
lingüísticamente zonas finitas de significación más allá de las tensiones de
la realidad objetivada, estableciendo una coexistencia no-conflictiva y por
momentos humorística (vale la lectura de A despedida de Amadeu Arcanjo, en
el que el entierro de un mujeriego y vividor cobra, de manera creciente, una
aureola propia de una película de Kusturica) en el interior de la vida
cotidiana.
En lo que respecta al segundo núcleo temático, se encuentra específicamente
delineado en la segunda parte con A Trilogía de Bentinho, Benício e
Walquíria, cuyos textos, con sus paratextualidades epónimas, nos van
mostrando una serie de personajes que, más allá de ciertos juegos de
hibridaciones genéricas con el verismo objetivado propio de la nota
periodística, adquieren una existencia alegórica, son signos culturales de
la realidad pernambucana que van trascendiendo a una escala mayor, la de
Brasil. Esa forma de deconstrucción, si se quiere de carácter
pro-historiográfico, que las narraciones breves de Santos realiza sobre
estos seres de carne y hueso, sumergidos en su propia cotidianeidad, excluye
visiones monolíticas, épicas o heroicas, permitiendo la inclusión de trazos,
rasgos o indicios cotidianos que poseen un fuerte componente simbólico (el
justiciero, los amantes, el bandido) al mismo tiempo que legitima la
posibilidad de reconstruir la memoria del pasado reciente a partir de una
concepción de la historia en cuanto metahistoria, es decir, como una
anécdota o constructo retórico-narrativo desde donde se manifiesta la
posición ideológica de quien escribe y su recepción mediatizada por el
horizonte axiológico del texto. Así concebidos, los microtextos emergen como
el testimonio de una historia que posee un significado que ensaya una
revisión de la memoria colectiva a modo de denuncia, parodia, o testimonio
de lo que los discursos oficiales no registra.
A partir de la tercera a la octava parte de Um livro de contos, Santos
propone un tratamiento de la escritura del/sobre el cuerpo que coloca en
jaque la legitimidad de las tipologías, tan ortodoxas como falibles, de lo
erótico, lo pornográfíco y lo obsceno. Conciente de que la idea de que
“cuando menor presencia de cuerpos haya en un texto más presente lo sentirá
el lector” ha conducido a una tiranía de la ausencia, a una postulación
redundante de la elipsis que no ha hecho sino sembrar la miseria del vacío
en la textualidad de lo narrado, Santos lleva a cabo la construcción
paroxística de una narrativa del eros contemporáneo en la que la
arquitectura del deseo juega a develar con vehemencia los enigmas que
resultan de la otredad de la mirada. De este modo, y en virtud de la
excitación del espíritu, la escritura vaciaría la metáfora que lo identifica
tan sólo como el falo lacaniano castrador para lubricar la apoteosis teatral
de los placeres, el espectáculo barroco y la epifanía de las pasiones en su
real desbordamiento. No sería arriesgado afirmar que esa especie de
dimensionalidad es la que imprime cierta sacralidad a toda una retórica del
cuerpo, puesto que éste trae implícito una aspiración de eternidad o, por lo
menos, una sensación de infinitud que lleva a la monja de A iniciaçâo de
Veridiana identificar su encuentro con el soldado que la posee como un acto
de entrega extática y revelación, o la presencia de personajes propios del
imaginario judeocristiano como Lilith y Asmodeo, figuraciones de la libido
potenciada en acto como gesto libertario de un cuerpo insubordinado (o
varios) a los distintos discursos disciplinarios, y que desencadenan
verdaderas orgías colectivas. De esta manera, y en el trazo abriente
desarrollado por un narrador extradiegético, el amor sexual se eleva hasta
constituirse "experiencia religiosa" aunque no solamente en el sentido que
Tertuliano etimologizó (religión, re-ligare, volver a unir) sino en el que
planteó anteriormente Cicerón en su libro Sobre la naturaleza de los dioses:
religión provendría de re-legere, volver a leer. Si convenimos en que el
texto no es una estructura y sí un cuerpo -o su simulación-, esta traslación
de sentido se despliega en una praxis. Porque si cuando leo, lo que veo es
un texto/cuerpo, entonces mi mirada además de ser algo voyeurista, es la
mirada del amante. Tal fruición reitera, en la obra de Alexandre Santos los
procesos descriptivos que exceden la sensualidad, traspasan los límites y
determinan ese estado extático que se produce en el momento del orgasmo y la
prosa erecta por la manipulación repetitiva de la obviedad; se acopla a la
anécdota que hace de la masturbación el acto más reiterado de lo narrado,
además de repetirlo infinitamente a nivel de simple vocablo. La palabra que
regresa obstinada, casi inexpresiva por su obviedad, inicia la conversión
brusca de su naturaleza, quizás una recuperación de un estado
intermitentemente edénico.
Buenos
Aires, 11 de janeiro de 2010
(*) Martín Palacio Gamboa é
crítico literário
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